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SANTA.
Ángeles, Rosario y Santa eran tres alegres hermanas que vivían en un pequeño pueblo cuando la vida en provincia fluía más tranquila que ahora. Fueron inquietas desde pequeñas, convirtiéndose en el dolor de cabeza de sus padres quienes consentían mucho su frívolo modo de ser. Sabedoras de su gracia y belleza, eran muy coquetas, lo que en estos pueblos se dice “novieras”, por lo cual, desde que cursaban la primaria ya contaban con muchos novios.
Ya crecidas continuaron con mayor ímpetu su afán de coleccionar romances para sentirse orgullosas ante sus amigas. Hacían una lista y las enseñaban vanagloriándose de ello. Desde muy jovencita, la mayor se encaprichó con un muchacho venido de otro poblado, y que por guapo, todas las amigas apostaron a ver quién sería la que se ganara primero su atención.
Ella fue la elegida. La sensibilidad del joven encontró reciprocidad en la alegría y amor de esa dulce belleza provinciana sin fijarse en la informalidad de sus sentimientos. Ángeles lo sedujo hasta comprometerlo con un embarazo no deseado. Los padres de la muchacha, indignados de la falta cometida, los obligaron a casarse y les dieron un espacio en la misma casa.
Después de nacer el niño la pareja decidió separarse. La intromisión de los padres era insoportable y las exigencias de los de él para que se regresara a su poblado los llevaron a esa solución. La vergüenza de la familia de Ángeles fue tan grande que optaron por cerrarse a casi todo contacto con la sociedad.
Rosario, la segunda hija también llevaba un volcán dentro. Era novia formal de un chico conocido de todos y por esa razón le permitían el noviazgo con la seguridad de que esta vez las cosas marcharían en la normalidad.
Rosario comenzó a sentirse muy mal; el doctor, después de revisarla, felicitó a los señores por la llegada de un nieto, ¡también inesperado! El disgusto de la familia del novio fue mayúsculo; estaban indignados, y en desacuerdo en realizar aquel matrimonio que los conduciría al fracaso igual al de la hermana mayor. La circunstancia irregular de Ángeles y su mal comportamiento posterior, repercutía en el prestigio de la familia; no deseaban ver a su hijo emparentado con ellos, pero al final tuvieron que consentirlo. Poco tiempo después el nuevo matrimonio también se divorció. Él fue enviado a estudiar a la capital para que olvidara aquella experiencia.
La amargura era el ingrediente principal en el hogar de las tres hermanas; la abuela detestaba a sus nietos, producto de matrimonios vergonzosos, como ella los catalogaba. Las penas enfermaron de tristeza a los abuelos que se sintieron devastados. Ahora ponían sus esperanzas en Santa, la menor, a quien llenaban de consejos, cuidándola con mayor esmero.
Llevaba un noviazgo bien visto por sus padres con un muchacho que vivía con los abuelos. Era un joven de hermosos ojos verdes, moreno y apuesto, orgullo de Santa por haber sido la elegida entre todas. Con la formalidad necesaria en esos lugares la visitaba en casa y no la dejaban salir si no era en compañía de alguna sirvienta o de una de sus hermanas. No dejaban de vigilarla día y noche.
Santa y Julián fijaron pronto la fecha de su matrimonio para alegría de los preocupados padres. En casa empezaron a preparar el ajuar completo para la boda; ellos sí tendrían una casa aparte, el abuelo de él se la había regalado. Se sentían muy orgullosos y felices de poder llevar al altar al menos a una de sus tres hijas, vestida de blanco y con lo honra que Dios manda.
La fiesta estaba programada y todo iba en orden. Esperaban con ansias ese día, como también los amigos la fecha de la despedida de solteros. La de ella fue lo usual en estos acontecimientos; en la casa de una amiga hicieron y deshicieron con tal de divertirse y dejar un recuerdo imborrable en la memoria de la futura desposada.
La de él fue también algo usual en estas fiestas de provincia, mujeres y alcohol en grandes cantidades como si fuera la última vez que iban a tomar. Cuando sólo quedaban algunos invitados alguien mencionó a las “brujitas”, esas luces fuertes que se ven en las noches en cualquier parte del firmamento, principalmente en parajes solitarios y tranquilos, fijas en el aire pero sin estar altas y que de pronto después de unas horas de inmovilidad, salen disparadas hasta perderse de vista.
Julián dijo que en el rancho de su abuelo las veían a menudo. Acordaron irse de inmediato en una camioneta hasta ese lugar que no se encontraba distante. Llevaron cervezas y hielo dispuestos para seguir la juerga. Al llegar allá era más de la una; esa noche de octubre, húmeda y oscura los acogió desprevenida. Unos, sentados en el suelo y otros acostados, esperaban ver aparecer de un momento a otro esas luces que sólo Julián y otro amigo decían haber visto.
Siendo muy larga la espera decidieron subirse al techo de la casa. Después de tomarse casi todas las cervezas por fin alguien divisó una luz. Quedaron extasiados. Los miraba a poca altura, la distancia tampoco era mucha. Algunos sintieron escalofríos pero no querían decirlo para que no les fueran a decir “gallinas”. Julián era uno de ellos. Sólo una vez las había visto cuando chico y con eso bastó para que quedara muy impresionado el resto de su vida.
Uno de los muchachos comenzó a llorar de nervios o de borrachera al ver que otra luz se aproximaba a la primera. Nadie se decidía a cambiar de posición del terror que sentían, mucho menos a echarse a correr y acabar pronto con su sufrimiento. De repente Julián se levantó gritándoles que huyeran. Despavoridos corrieron hacia la escalera precipitándose para ser los primeros. Julián, aterrorizado, se lanzó de un brinco al suelo, antes que los demás. Cayó de cabeza.
Al subirse a la camioneta, los amigos se dieron cuenta que él faltaba y tocaron el claxon hasta que, fastidiados de esperar decidieron ir juntos a ver cuál era la causa. Lo encontraron tirado y sin sentido; un hilillo de sangre salía de su boca. Unos querían salir huyendo ante el terror de ver la muerte por vez primera; entre todos lo llevaron a la camioneta y salieron despavoridos rumbo a la clínica. Ahí supieron que ya no había nada por hacer, Julián se había desnucado.
A esas horas la fiesta de Santa no había terminado; sus padres fueron a buscarla para darle la noticia. Sus gritos se escucharon a lo largo de la calle y en los pasillos de la clínica cuando lo vio tendido en la cama, exánime. Llorando le pedía que no la dejara sola, porque lo amaba como a nadie en el mundo. Recargada sobre su torso, lo besaba en la cara y los labios. Tuvieron que separarla de él cuando se desmayó.
Meses después ocurrió otro suceso que iba a marcar a Santa para siempre: Nací yo, el hijo de Julián.
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